sábado, 26 de noviembre de 2011

Pájaros (en memoria de los desaparecidos de Argentina)

A los 22 años, Santiago cursaba la carrera de filosofía y letras en la Universidad de Buenos Aires, y participaba activamente con laicos de la parroquia del padre Manuel Sandoval en obras de caridad.
Dos veces a la semana concurrían a hospitales públicos de Capital Federal; llevaban alimentos a enfermos sin familia y leían diarios, libros o revistas. Los sábados visitaban villas miseria del conurbano bonaerense; organizando meriendas de chocolatada y facturas para los chicos del asentamiento.
Terminaban agotados –disfrazados de payasos- entre globos, juegos y música infantil. Ese era su aporte en pos de una sociedad más justa. Solía decir: “cuando me agradecen siento vergüenza, aprendo más de ellos que ellos de mí”. La madre, plena de orgullo encontraba en Santiago un calco de principios y valores, herencia según ella del padre, quien falleciera en un accidente de tránsito a poco de nacer el niño.
Fue bien entrada la noche, a eso de las dos, unos veinte días atrás, los gritos los hicieron saltar de la cama: -¿dónde mierda está Santiago Urzúa?
Rompieron a patadas la puerta principal; cinco hombres de civil con armas largas requisaron rápidamente el living y corrieron a la habitación de la madre. Desde el cuarto en la planta alta, el joven escuchó el despliegue y los rudos movimientos, con miedo se asomó a la escalera. En ese instante, dos miembros del grupo subían: -¿vos sos Santiago Urzúa?, -Sí... -se abalanzaron sobre él, estaba en calzoncillos y con una remera de gimnasia de las épocas de estudiante secundario, lo tomaron del pelo, lo esposaron y lo arrastraron hacia abajo.
La madre desesperada trataba de averiguar que pasaba; -le tenemos que hacer unas preguntas, preséntese a las nueve en la comisaría 43.
-¡Qué fue lo que hizo, por favor díganme!
-Ya se va a enterar; a las nueve, comisaría 43.
Celia no pudo pegar un ojo en lo que restaba de la madrugada, a las ocho ya se encontraba en el destacamento policial. -Buen día agente, sé que aún no son la nueve, pero usted comprenderá; soy madre, ¿cuándo podré ver a mi hijo?
-¿Está acá?
-¡Sí!, se lo llevaron de mi casa a las dos y lo trajeron para esta comisaría.
-¿Cuál es su nombre?
-Celia Aguirre.
-No señora, le pregunto por el nombre de su hijo.
-Ah sí; Santiago Urzúa.
-Perdone señora, no hay ningún detenido con ese nombre aquí.
-¡No puede ser!; esta es la comisaría 43, donde me dijeron que lo traían, ustedes tienen jurisdicción sobre mi domicilio...-un frío indescriptible comenzó a invadirle el cuerpo.
-Le repito señora, nadie ingresó con ese nombre; quizás se lo llevaron los terroristas, ocurre bastante seguido…
-¡Eran milicos señor!; yo los puedo olfatear…
-¡Epa, epa!, más respeto, le repito: no hay nadie con ese nombre, el último detenido ingresó hace dos días; un ladrón de garrafas…
La madre comprendió, el llanto la acompañó las doce cuadras que la separaban de su casa.
“¡Mi hijo no!; ¡no Dios, por favor Dios, mi niño no, no, no!”.

Sobre el piso helado, con el cuerpo echo una llaga, Santiago se acordaba de la parroquia, del barrio, de su madre… Quería dormir, cerraba los ojos y volvían imágenes de la infancia. Quería dormir, soñar y no volver a despertar. Rogaba tener alguna falla en el corazón; esas “sesiones de parrilla”, como las denominaba el torturador, se hacían eternas. Se paraba temblando, caminaba temblando y lo acostaban en la mesa para volver a temblar. Aroma a carne quemada, su carne, y el aliento fétido de Tito; cuyo mérito consistía en provocar el mayor dolor sin causar la muerte.
El cuerpo se arqueaba de tal manera que esperaba la rotura de la columna en cualquier momento, unos segundos en los que daba gracias por no sentir dolor…, y otra vez; vuelta a empezar. Deseos de morir; sentirse una cosa, poco menos que un despojo humano. Odiar y odiarse; justo él.
No sabía lo que preguntaban, no sabía de armas, no sabía que respuestas dar; no las tenía. Tan solo concurría a la parroquia del padre Manuel, un cura tercermundista, alguien que predicaba la teología de la liberación; un cura que hizo su opción por los pobres. Eso lo había deslumbrado a Santiago, ese precisamente –creía él- era el camino para encontrarse en Cristo. Los pobres y Cristo. Lo suyo era ayudar al desvalido, al menesteroso, y en muchos casos –como él ahora-; a los olvidados por Dios.
En posición fetal, con una cadena al tobillo derecho y una capucha en la cabeza, alguien que se presenta como enfermero le pide que se siente; lo hace.
-Bueno jovencito, te has salvado, van a trasladarte a un prisión en el sur de Argentina. Te pongo esta vacuna y en una hora salen en avión para allá.
-¿Podrá mi madre visitarme?
-¡Por supuesto!; quedate tranquilo que mañana mismo le avisan para arreglar cuando puede ir a verte.
Guardó silencio; el enfermero luego de la aplicación se retiró. No se quedó tranquilo; volvieron las imágenes de la infancia, el barrio, su casa… Pensó en su madre y lo triste que iba a estar, no pudo contener las lágrimas.

La "vacuna" en realidad era una dosis de pentotal ("pentonaval" lo denominaba la Armada). Después de eso, los prisioneros de la ESMA eran subidos a los aviones para ser arrojados dormidos al Río de la Plata.

viernes, 18 de noviembre de 2011

Pelotón serbio (basado en la Guerra de los Balcanes)

Giró la tapa de la caramañola y se preparó para ingerir agua; trataba de cuidarla, quien sabe cuando pudiera abastecerse nuevamente. A la retaguardia de los croatas, y con más de dos horas de retraso, no tenía ninguna esperanza de alcanzarlos.
Bebía despaciosamente, de pronto llegaron a sus oídos voces inconfundibles; eran serbios.
En cuatro zancadas, sin opción, se lanzó a la profundidad de la fosa común. Casi tres metros, trastabillar y sentir deseos de vomitar.
Recostado sobre esa masa de cadáveres, vaya ironía, la única posibilidad de seguir con vida; no podía dejar de preguntarse “¿qué los traerá de nuevo si no han dejado nada ni nadie en pie?”, sin respuesta, se llenaba de temor.
Su reloj hacía días que había dejado de funcionar, calculaba que serían las 6 de la mañana; comenzaba a clarear.
Había presenciado y fotografiado “el destino” de varios colegas durante este conflicto. Dos cosas odiaban los serbios con toda la furia: a los croatas y a los reporteros. A los primeros desde la Segunda Guerra Mundial; a los otros, desde la disolución de Yugoslavia y la cobertura mediática.

Steve Rudd, corresponsal del “Daily Mirror”, agazapado en el pozo, escuchaba sus pasos; mucho más cerca de lo que creía, más cerca de lo que hubiese deseado.

Desfilaron las imágenes de la noche en que recibió el premio de manos del primer ministro británico, por la foto que recorrió las portadas de los principales diarios del planeta.
La del soldado israelí -en la Franja de Gaza- alzando un niño palestino de tres años a puro llanto, mientras coloca el caño de la pistola en la cabeza. A sus pies la madre suplica por la vida de la criatura.
Mientras llevaba su tercer whisky a la garganta, un pasante de periodismo lo saluda:

-Lo felicito Sr. Rudd, yo también quiero ser corresponsal de guerra como usted.

-Hay que ser pelotudo o loco para dedicarse a esto; me parece que tú caso es el segundo. Bienvenido al club -le dio la espalda y se perdió entre elogios.

Pensaba por qué carajo no le hizo caso al coronel Borna Covacevich, cuando en su inglés rudimentario le advirtió: “no te alejes demasiado, seguimos avanzando; ya nada podemos hacer aquí”.
Perdió tiempo buscando la mejor – ¿o peor?- toma de lo que luego se conocería como “Masacre de Vukovar”. Casas destruidas por el fuego, la iglesia demolida; niños, mujeres y ancianos masacrados.
Ahora se encontraba a su suerte, a punto de desmayar por los olores nauseabundos; no aguantó más, devolvió, ese momento se hizo eco, sonido de presencia viva.
En la orilla del pozo, iluminando su cuerpo curvado con una linterna y gritándole algo incomprensible, estaban los paramilitares serbios. Levantó la cabeza y quedó enceguecido. Sintió el impacto de una soga, entendió; se aferró a la misma y fue alzado de inmediato.
Afuera lo esperaban siete de ellos, él con su chaqueta multiuso de fotógrafo y la cámara colgando al cuello, tan solo atinó a hacer una mueca de resignación con los labios y las manos. En voz alta, uno leyó la tarjeta que con su foto decoraba el pecho:

STEVE RUDD
Press photographer
DAILY MIRROR-ENGLAND

y luego agregó dirigiéndose a él: -¿ves aquél peñasco?, desde allí los estuvimos vigilando. Nuestro coronel está deseoso de conocerte.

A los 23 años cubrió el bombardeo de “La Moneda” en Santiago de Chile. Un rollo con fotos del incesante desfile de los “Hawker Hunter” y sus descargas, le fue incautado por Carabineros. El otro, escondido entre su ropa interior, fue publicado a las 24 horas de haber pisado Londres.
Era el debut como corresponsal de guerra, sí no se contabiliza -medio en broma lo mencionaba- la noche que actuó Led Zeppelin (octubre de 1972) y una pelea entre pandillas rivales terminó con dos jóvenes muertos. Nota y tapa de la revista “Rolling Stone” en noviembre de ese año.
Desde entonces recorrió el globo testimoniando “la mayor de las calamidades del ser humano, la matanza del otro”.
Momento de dramatismo extremo -a excepción de este, el de ahora- fue la evacuación de Saigón en abril de 1975. El último periodista en subirse a un Bell para huir hacia Laos; casi lo pierde.
Salió corriendo del hotel hacia la embajada norteamericana junto a una prostituta vietnamita. Ante el caos de la entrada, mostró su credencial y tuvo que mentirles a los marines. Dijo que su acompañante era una asistente, que poseían una visa del Reino Unido y que en la huida la dejaron olvidada en el cuarto. Los convenció.

Con las muñecas atadas a la espalda caminaron por espacio de una hora. Ya había sido despojado de la Nikon, estaba en manos del más alto.
Subieron por la ladera de un cerro en completo silencio, atravesaron un riacho de unos veinte metros de ancho, con fondo de piedras y el agua hasta las rodillas; al frente podía verse la frondosa arboleda. Enfilaron hacia allí.
Le costó llegar, cayó unas cinco veces y en todas fue auxiliado por quien portaba dos fusiles soviéticos AK 47 (uno de ellos a la espalda y el otro en posición de marcha); lo tomaba de las axilas y lo dejaba nuevamente parado. Echaron a andar dentro del bosque.

El coronel Veselin Radic se rasuraba mirándose en el espejo retrovisor que había pertenecido a un Land Rover e improvisadamente colgaba de un poste. Desplazaba de manera diestra la navaja por el cuello, cuando vio llegar a los camaradas y al prisionero. Se detuvo un segundo, escupió algo de espuma y continuó.
Estaban a menos de dos metros, sin darse vuelta:

-¡Buen trabajo!; lo encontraron.

-Así es mi coronel, acá está la cámara, se había ocultado en la fosa y lo delataron las arcadas -dijo el teniente estirando la mano con la máquina y emitiendo una sonora carcajada.

-Tenla, sabemos que contiene.

-Sí mi coronel, todo Vukovar…bueno, lo que quedó, está aquí.

Giró, limpió los restos de jabón y pelo del filo con una toalla; cerró la navaja y la guardó en el bolsillo derecho del pantalón de combate, casi pegado a la rodilla. Avanzó hacia ellos hasta quedar a un metro de distancia.

-¡Ajá!; dimeee…. –inclinando la cabeza hacia delante y leyendo la credencial- Steve, Steve Rudd; ¿contento con el trabajo?, -bastante buena la pronunciación pensó el inglés.

-No, me repugna; pero debo ser testigo y transmitir lo que veo. Nada puede justificar la matanza indiscriminada de civiles indefensos. Así sean croatas, bosnios o serbios. Se trataba de gente inocente.

-¡Ja!, inocentes; ¿eres inglés verdad?

–Sí.

-¿De qué ciudad?

-Bristol.

-¿Cerca de Liverpool?, me gustan mucho los Beatles.

-No, Liverpool está al norte y mi ciudad al sur.

-Ah, ¿y te gustan los Beatles?

-Sí, pero prefiero a Led Zeppelin.

-Nunca escuché hablar de…Led…¿cuánto?

-Zeppelin, Led Zeppelin.

-Ah sí, tengo buena memoria, cuando pueda voy a escuchar de que se trata esa música.

-Mira amigo –en ese preciso momento, una fortísima patada en la rodilla izquierda lo hizo caer de dolor -ustedes son los que están llevando al mundo la idea de que los serbios somos una horda de asesinos, genocidas de la peor especie. Pues bien, quiero que comprendas que es tan solo un diez por ciento de lo que esos hijos de puta hicieron con nuestro pueblo durante la Segunda Guerra Mundial.
¡Levántate, levántate!; ¡no habrá clemencia con ningún croata –tomándolo de la mandíbula y presionando fuertemente los cachetes a modo de tenaza- ni con sus defensores, amigos y propaladores de su causa!; ¿te queda claro hijo de puta?

-Soy un simple reportero grá…-no pudo terminar la frase, otra patada, esta vez en la rodilla derecha lo regresó al suelo.

-No quiero alterarme, ¿tú sabes quienes fueron los ustachis?, -sin dar tiempo a la respuesta agregó: -¿y Pavelich?

-Algo leí sobre los fascistas croatas y su jefe –logró balbucear Rudd mientras un hilo de sangre corría por la mejilla –quédate de rodillas, así quiero que escuches.

-Estas mierdas croatas fueron cómplices de los nazis, asesinaron a nuestros ancestros, los mutilaron, violaron a nuestras mujeres. Nosotros venimos desde el fondo de los tiempos a vengarnos.
Esto último lo repitió con toda energía en serbio: “¡venimos desde el fondo de los tiempos a vengarnos!”.

Al unísono, los soldados gritaron: ¡viva!; ¡gloria a nuestro coronel Radic!

-¿Sabes qué?, te voy a contar una historia y presta mucha atención.

-Hay un poblado llamado Bezdan, en las afueras vivía una familia que se dedicaba al cultivo de frambuesas y a la lechería. La abuela preparaba dulces con la cosecha que colectaba su esposo, mientras que su hijo Zoran, su único hijo, junto a la esposa, se encargaban de unas veinte vacas y aprovisionaban de leche, queso y mantequilla durante todo el año a los vecinos. Una vida tranquila, modesta, la guerra era de otros, hasta que llegaron las tropas de los ustachis. Fue el 11 de febrero de 1941.
Por temor, esta familia de la que te hablo se había quedado dentro de su casa, viendo por la ventana desfilar los camiones con soldados. Hasta que uno se detuvo y descendieron de la parte trasera varios armados con fusiles.
Llamaron a la puerta. Zoran salió al encuentro; -buen día señores, ¿qué andan necesitando?

Quien comandaba el grupo preguntó: -¿tú eres serbio?

-Sí.

-Bien, bien, ¿con quién vives?

-Con mis padres, mi esposa y nuestro hijo.

-¿Matrimonio mixto o todos serbios?

-Somos todos serbios señor.

-Permiso –no esperó la respuesta, entraron a la morada él y cinco de sus hombres.

La madre simulaba cocinar una sopa, mientras que el padre apilaba leños al lado de una estufa apagada de hierro; al fondo sentada a la mesa frente a una hoja, su esposa le recriminaba al niño por no comprender matemáticas.

-Que familia maravillosa tiene amigo, ¿cómo se llama? –Zoran.

Recorre con la vista la vivienda y se dirige hacia donde está la madre.

-¡Pero qué pasa vieja! –mira por sobre el hombro la olla -¿sólo agua? –le da un fuerte empujón y cae de bruces al suelo; en ese momento Zoran se abalanza sobre él, antes de tocarlo recibe un culatazo en la nuca que lo deja sin conocimiento y sangrando; creían que había muerto.
Muchos gritos, el viejo que quiere defender a los suyos con un tronco y también es golpeado, la mujer decidida a proteger al hijo lo cubre con su cuerpo y más violencia, más insultos, más golpes, etc., etc., etc., etc. –entre cada etcétera hacía una pausa y elevaba el tono.
Le voy a sintetizar Steve. Zoran, postrado en la cama y con la cabeza vendada, recobra el conocimiento tras siete horas de alucinaciones y fiebre. A su lado, la esposa comienza a llorar; la cara llena de moretones de color violáceo, completamente rapada y la vergüenza en la mirada. No hicieron falta palabras, se entera sí, que sus padres fueron deportados. El niño, de tan solo diez años, acurrucado en un rincón de la estrecha habitación en el suelo, recobraría el habla luego de quince meses. Zoran decide unirse a la guerrilla chetnik; muere en una emboscada a los veinte días.
Este caso es uno de tantos, y en comparación con otras familias no la pasaron tan mal…Acá termina la historia.

-¡Teniente Banjac!; usted será el encargado de inmortalizar este momento. ¿Sabe como se maneja esa máquina? –Sí mi coronel.

El coronel Veselin Radic desenfundó la Glock, con ella en la mano, se agachó hasta quedar a un centímetro de la oreja izquierda y le susurró: “ese niño también fue violado, ese niño se llamaba Veselin; ese niño era yo”. Dos disparos. Steve Rudd, el famoso reportero gráfico del “Daily Mirror”, ahora estaba, por primera vez, del otro lado de su cámara.

viernes, 11 de noviembre de 2011

Paula en su laberinto

Apuró el paso como nunca, faltaba una cuadra, desde la vereda contraria podía divisar la fachada del edificio. Hacía tiempo que no llovía tanto en Buenos Aires; ese Buenos Aires que llenó sus vacíos. ¡Y ahora!…ahora los dolores del alma, los del cuerpo; una pelea que no podía ganar.

Se fue de Chile para instalarse con Alejo en Argentina, para vivir el amor de las novelas, el de los sueños. El amor que un surfista marplatense de 34 años, conocido de la familia le juró en Valparaíso.
Frente a “La Sebastiana” (1) y con el océano Pacífico detrás, en un guiño cómplice que sólo ella podía descifrar, supo de inmediato que el destino la llevaría al otro lado de la cordillera.

Casi dos años ya de la pesadilla y sus ritos posteriores; una constante. Levantarse envuelta en frío sudor pensando en él, correr al lavadero, mojarse desesperadamente la cara y percibir el gusto a sal en la comisura de los labios; todas las madrugadas, en agotador periplo dramático.
Un caleidoscopio perfecto: imágenes, sonidos y aromas.
Ahí estaba nuevamente Alejo. Siempre a las cuatro de la mañana, con su cuerpo flaco y marcado, tan solo un pantalón corto, desangrado en la tina, la cuchilla en el suelo, a su lado, erguida la botella vacía de JB y un papel, con diminutas gotas de sangre. Olor a whisky y Wagner, para dar un toque épico a la escena.

Todas las noches, con esa estaca de emociones preparada para hurgar en los recónditos laberintos de la mente. Lágrimas, sudor, impotencia; el corazón a punto de estallar, pero no, con ritmo de precipicio sigue latiendo.
Pasar al living, mirar las luces de la gran ciudad y llorar; ya no habría descanso. Un café negro sin azúcar, y prepararse para escuchar el monótono y repetitivo despertador a las siete. Ducha rápida y partir al trabajo. Eran las cuatro; quedaban tres horas por delante. Horas, siglos…
Horas en las que hubiese jurado percibir sus caricias, aspirar su perfume; los momentos en que ella le tomaba tiernamente la cabeza y revolvía el pelo rubio, rubio de sol y de mar; él, como un niño se acurrucaba entres sus piernas. Así, en una danza rítmica y acompasada, caían juntos a la alfombra para fundirse en pasión.

Su amado hombre aventurero –como le gustaba decir- con las muñecas cortadas, muestra de una existencia que se apagó, y la nota. “Me diste todo y más, te llevo en el corazón. Gracias por el amor; perdón. En el cajón de mi escritorio encontrarás un sobre. Alejo”.

Las siete, la furia del reloj anunciando la pesada carga de un nuevo día. Ojeras por tapar y el dolor que no se acalla con nada; hasta su psicólogo le insinuó derivarla a un psiquiatra, necesitaba medicación. Pero ella, terca irrecuperable, tan solo atinó a decir: “sigo con vos o se terminó este juego de contar mi vida, sentirme una idiota y continuar viviendo…, perdón, viniendo”.

Corrió envuelta en la música de Wagner que aún resonaba en el ambiente. Nerviosa, torpe ya por naturaleza, tiró de la perilla del cajón, este saltó de las guías y cayó al suelo, dejando en derredor lapiceras, encendedores, un pin de Boca y el sobre.
“Clínica Barelli”; dentro de él un hoja: “Biopsia de vejiga”; y una descripción: “carcinoma con afectación en ganglios linfáticos y órganos adyacentes”; firma y aclaración: Dr. Rodolfo Ansaldi.

Ahora estaba abriendo la puerta del departamento, el de los recuerdos, el de los aromas; 714 días, todos iguales. La angustia multiplicada por 714.
Ese departamento y esa historia, que ella no estaba dispuesta a abandonar.

Ni bien entró buscó en la cómoda la hierba, se preparó un cigarrillo, lo depositó suavemente en la mesa ratona y se dirigió al baño. Puso el tapón en la tina dejando correr el agua caliente hasta veinte centímetros antes del borde.
Regresó al living, encendió el faso y se echó de espaldas en el sofá, miró el techo, fue bajando con la vista hasta la foto de él en la pared, inhaló profundamente, por primera vez en 714 días se sintió bien; sonrió…
Hoy dejaría de sufrir.


(1) Casa de Pablo Neruda –convertida en museo- ubicada en la ladera de un cerro.

jueves, 10 de noviembre de 2011

Batalla de Tacna o del Alto de la Alianza 26 de mayo 1880

Sincero agradecimiento al sitio Legión de Los Andes, por el artículo referido al desarrollo del combate.
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CUADRO DE OFICIALES DEL REGIMIENTO ESMERALDA LUEGO DE LA BATALLA DE TACNA
(En negrita, todos los miembros de nuestra familia).

‎1. Coronel jefe de la 1ª División, Santiago Amengual.
2. Mayor ayudante Saturnino Retamales.
3. Teniente Coronel Adolfo Holley.
4. Capitán Fortunato Rivera.
5. Capitán Patricio Larraín Alcalde.
6. Capitán Fidel Urrutia.
7. Mayor ayudante Federico Maturana.
8. Teniente Coronel Adolfo Silva Vergara.
9. Sargento Mayor Enrique Coke.
10. Capitán Juan Rafael Ovalle.
11. Capitán Joaquín Pinto Concha.
12. Capitán Juan Aguirre.
13. Capitán Elías Casas Cordero.
14. Teniente Manuel Aguirre Peña y Lillo.
15. Teniente José Antonio Echeverría.
16. Teniente Adolfo Arredondo.
17. Teniente Jacinto Holley.
18. Teniente Martiniano Santa María.
19. Teniente Arístides Pinto Concha.
20. Teniente Eduardo Lecaros.
21. Teniente ayudante (plana mayor) Severo Amengual, hijo del Cnel. Santiago Amengual.
22. Capitán José María Pinto Cruz.
23. Capitán Elias Naranjo.
24. Capitán Florencio Baeza.
25. Capitán Félix Sanfuentes.
26. Subteniente Ignacio Carrera Pinto.
27. Subteniente Alberto Retamales.
28. Subteniente Juan Manuel Orrego.
29. Subteniente Juan Amador Balbontín.
30. Subteniente Juan Valaze.
31. Subteniente (ayudante de la Plana Mayor) Santiago Peña y Lillo.
32. Subteniente abanderado Ruperto Montero.
33. Subteniente Miguel Ureta.
34. Subteniente Joaquín Contreras.
35. Subteniente José Ramón Carmona Estivill.
36. Subteniente Germán Balbontín.
37. Cirujano 2º Emeterio Letelier.
38. Teniente Vicente Calvo.
39. Cirjunao 1º Clodomiro González.
40. Subteniente Desiderio Ilabaca.
41. Subteniente Mateo Bravo Rivero.
42. Subteniente Tulio Padilla.
43. Subteniente Miguel Bravo.
44. Subteniente Julio Mourgues.
45. Subteniente Alberto del Solar.
46. Subteniente Pedro Carreño.
47. Subteniente Lorenzo Camino.
48. Subteniente Juan de Dios Santiago.
49. Subteniente Arturo Echeverría.
50. Subteniente Luis Ureta.
51. Corresponsal Eduardo Hetapel.


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Ejército Chileno

Comandante en Jefe, General Manuel Baquedano.
1º División (Cnel. Amengual) Regimiento Esmeralda, batallones Valparaíso, Chillan y Navales.
2º División (Barceló) Regimientos 2º de Línea, Santiago y Atacama.
3º División (Amunategui) Regimiento Artillería de Marina, Batallones Coquimbo y Chacabuco.
4º División (Barbosa) Regimiento Lautaro, Batallones Cazadores del Desierto y Zapadores.
Reserva (Muñoz) Regimientos 1º,3º y 4º de Línea.
Caballería (Vergara) Regimientos Granaderos, Cazadores y Carabineros de Yungay
Artillería 3 brigadas, con 7 baterías y un total de 37 cañones y 4 ametralladoras

Total: 14.000 hombres.

Ejército Aliado (peruano-boliviano)

Total: 13.650 hombres.



EL COMBATE

El ejército chileno comenzó a salir de Yaras en la mañana del 25 de mayo, llevando la tropa sus caramañolas llenas de agua y víveres secos para dos días en sus morrales.

Después de recorrer veinticinco kilómetros, a dos tercios de la distancia de las posiciones aliadas, acampó, al entrar la noche, en pleno desierto, en un punto llamado Quebrada Honda.

Las tropas aliadas acamparon a las afueras de la ciudad de Tacna, lugar al cual llamaron Alto de la Alianza. Fue instalada una guardia para vigilar la quebrada Honda, que era la ruta más fácil de ataque para los chilenos.

Mientras tanto, los arrieros chilenos que iban a la delantera, son tomados prisioneros por los Husares de Junín y llevados a la presencia de Campero, quien logró enterarse que los chilenos, como se suponía, acamparían en Quebrada Honda.

Parte del agua de reserva, que se había mandado en carretas adelantándose al ejército, se extravió, y al entrar la noche fue tomada por los aliados; por los arrieros capturados supieron que el Ejército Chileno había salido de Yaras. Al tener conocimiento de esto, en consejo de Guerra se decidió la siguiente estrategia. El plan de las tropas aliadas era sorprender a las fuerzas enemigas

en la quebrada, para lo cual comenzaron el avance sobre el lugar la noche del 25 de mayo de 1880 al mando del general Campero, quien intento sorprenderlos en medio de la noche, y con tal fin hizo salir a gran parte del ejército; no prestaron demasiado atención a la ruta a seguir, perdiéndose debido a la oscuridad, haciendo así fracasar el plan de ataque, y tuvieron que volver a su primitivo campamento, con la tropa cansada por el esfuerzo inútil, habiendo llegado muy cerca de los chilenos.

- Fracasado el plan de ataque, planificaron la defensa a usar.

Las tropas se dividieron en 3 secciones:

En el ala derecha del campo de la Alianza -al mando del contralmirante Montero-, se ubicó la primera y sexta divisiones peruanas de Dávila y Canevaro y parte de la tercera división boliviana más 6 cañones y 3 ametralladoras.

En el centro -al mando del coronel Castro Pinto-, estaban la 1º y parte de la 3º división boliviana más dos cañones y 4 ametralladoras.

En el ala izquierda -al mando del coronel Camacho-, estaban la 3º división del coronel Suárez y la 2º de Cáceres más 8 ametralladoras.

La caballería estaba repartida tras la tropa.

Al amanecer del 26 de mayo de 1880, el Ejército Chileno se dirigió hacia las posiciones de los aliados dispuesto a forzarlas, y tomar Tacna. Antes de emprender la marcha los capellanes le dieron la bendición, las bandas de músicos tocaron la canción nacional y el Himno de Yungay (el Cnel. Amengual era veterano de ese combate; 20 de junio del 39), y los jefes arengaron a las tropas.

Cuando comienza el avance de las divisiones chilenas sobre Tacna. Se produce un intercambio de tiros de Artillería entre los dos ejércitos, que más que crear daño, sirve solo para medir el alcance de las armas.

- Alrededor de las diez de la mañana avanzó la división del Cnel. Amengual para embestir a la de Camacho, o sea el ala derecha chilena contra el ala izquierda aliada. Momentos después lo efectuó la división Barceló contra la aliada de Castro Pinto que ocupaba el centro de sus líneas.

La primera refriega no causa mayor daño en ninguno de los involucrados, ya que la distancia era superior al alcance de sus armas, pero dio el tiempo suficiente para que los chilenos avanzaran, especialmente los que caían sobre el ala del coronel Camacho. El ataque fue de forma frontal sobre las tropas aliadas, haciéndose general en pocos momentos. Ambas divisiones atacaron con tal ímpetu que en una hora llegaron hasta muy cerca de las posiciones aliadas, no obstante ser casi barridas por la metralla y fusilería.

El ataque chileno era brutal, lo que obligó al general Campero a enviar constantemente tropas de reserva para apoyar sus divisiones. A eso de las

12.30 empiezan a escasear las municiones a los chilenos, en medio del fragor del combate se confundieron las tropas de los diferentes cuerpos y cuando más necesario era intensificar el fuego para forzar las posiciones aliadas, faltó munición. Algunos ayudantes corrieron a pedirla al parque, que estaba a gran distancia, y para llevar pronto aunque fueran unas pocas, cargaron algunos cajones en el arzón de sus sillas. Mientras tanto en la línea de fuego los oficiales recogían las municiones de los heridos y muertos y las repartían a sus soldados.

La situación era tan crítica para los chilenos que sus regimientos comenzaron a retroceder; lo que alentó a los aliados para salir de sus trincheras y embestir, reforzados por parte de las fuerzas de su ala derecha que todavía no era atacada por los chilenos, los heridos que el deficiente servicio de ambulancias no fue capaz de retirar fueron ultimados sin compasión por los cuerpos bolivianos y peruanos.

El ala izquierda, fue apoyada por soldados de la división Herrera y los batallones Colorados y Aroma, dándole mayor fuerza, permitiéndoles no solo defenderse, sino también tomar posiciones de ataque, obligando a las tropas chilenas a lanzarse en retirada, siendo acribillados por los aliados.

Camacho para decidir la acción pidió refuerzos y el general Campero envió al fuego a los batallones "Aroma" y "Colorados", las dos unidades se lanzaron llenos de bríos al combate, había llegado para los "Colorados" la hora de la verdad, uno de los sargentos lleno de entusiasmo gritó "¡Rotos del espantajo, amarrarse los calzones, que ahora entran los colorados de Bolivia!".

Habían hablado mucho del famoso Regimiento boliviano de los Colorados, quienes en esta ocasión demostraron que toda su capacidad era verdadera. Con gran empuje y valentía obligan a retroceder a los chilenos, quienes solo tuvieron un descanso debido a un sorpresivo asalto de su caballería que entro en apoyo; evitando una mayor mortandad de soldados chilenos, ya que hizo volver a sus lugares a las tropas aliadas.

Una acometida de los Colorados y el Zepita se lanzo en heroica lucha contra sus enemigos, con mayor vitalidad y refuerzos no cesaron en su avance. Los heridos chilenos eran repasados por las tropas que avanzaban, acción que comenzó en la batalla de Tarapacá y que continuaría hasta el fin de la guerra, por ambos ejércitos.

En esos momentos llegaron algunos ayudantes y varios carabineros, llevando cajones de municiones y las repartieron con gran dificultad, el combate se seguía sosteniendo con el sol que pesaba ardiente sobre las espaldas, en medio del polvo, el humo, los gritos de mando, las exclamaciones de cólera, los ayes de los heridos y el quejido de los moribundos, y en las arenas de ese desierto que nunca había tenido el riego vivificante de las lluvias o de la caricia refrescante del rocío y que bebía con avidez lo que para ellas era una humedad primigenia, gotas de sudor mezcladas con la tibia sangre que manaba de miles de heridas; chilenos, bolivianos y peruanos.



Para poder efectuar la reorganización de la infantería y abastecerla de municiones, se ordenó que los granaderos a caballo cargaran sobre los aliados que se consideraban triunfantes.

Por orden de Baquedano, viendo la desesperada situación chilena, envía la división Amunátegui en auxilio de las chilenos que se retiraban

La lucha se tornaba incontrolablemente sangrienta. Momentos después, entraba a la línea de fuego la división chilena Amunátegui, que hizo cambiar la faz del combate, luego el Chacabuco y la Artillería de Marina reforzaron la división Amengual y el Coquimbo la de Barceló.

Los chilenos ahora pasaban a la ofensiva y los aliados emprendían apresurada retirada a sus trincheras, teniendo en esos momentos muchas bajas, pues los chilenos los fusilaban por la espalda.

Mientras tanto la división chilena Barboza, que debía atacar el ala izquierda aliada, y que para efectuarlo tenía que recorrer gran distancia, cruzó diagonalmente a marchas forzadas, y al llegar a distancia conveniente, los cuerpos se desplegaron en guerrilla, tomando el centro el Lautaro, la derecha Zapadores y los Cazadores del Desierto la izquierda, y embistieron con gran ímpetu.

La infantería peruana de la división Montero, que defendía la posición, hacía nutridos fuegos desde sus trincheras, y la artillería desde el fuerte Caballero; pero los chilenos avanzaban impávidos, a la una y media del día, el combate se sostenía en toda la línea, y todos los regimientos chilenos bajo un nutridísimo fuego, avanzaban hacia las trincheras aliadas protegidos por la artillería que desde diferentes posiciones hacía fuego por altura.

En esos momentos se ordenó a la Gran Reserva avanzar en dirección a las líneas de combate; pero antes, los regimientos que ya estaban cerca de las trincheras, calaron bayonetas, estos movimientos quebrantaron la moral de los aliados, en tal forma, que huyeron a la desbandada, dirigiéndose en desordenados grupos a sus respectivos países, quedando las trincheras en poder del ejército chileno.

El potente ejército aliado atrincherado en las posiciones del Campo de la Alianza que creía inexpugnables, estaba deshecho a las dos y media de la tarde y con ello desaparecía para siempre la alianza peruano-boliviana de 1873.

Los restos del ejército peruano se retiró a las montañas hacia Arequipa mientras el ejército boliviano se retiraba hacia el altiplano no volviendo a participar en la guerra.

Las bajas pueden estimarse en más de 6.500 hombres, el botín de guerra fue enorme, se hicieron 2.500 prisioneros entre ellos 2 generales, 10 coroneles y gran número de jefes y oficiales; además se tomaron 10 cañones, 5 ametralladoras y enorme cantidad de rifles y municiones, pero lo más importante era que Tacna estaba en poder de Chile.

Al día siguiente entraba el Ejército de Chile a la ciudad. Perdida Tacna, los bolivianos huyeron a su país terminando así la alianza definitivamente, quedando solo el Perú contra Chile.


Parte de Guerra firmado por el Cnel. Santiago Amengual; remitido al Gral. Manuel Baquedano


Señor General en Jefe:

Tengo el honor de dar cuenta a V.S. de lo acaecido en la división de mi mando durante el combate del 26.

En la noche del 25 acampamos como a dos leguas de las posiciones que ocupaba el enemigo, llamadas "Alto de Tacna".

Las fuerzas de que se componía la división de mi mando era de 2.380 individuos de tropa, distribuidos entre los batallones Navales, Valparaíso, Esmeralda y Chillán, pues el regimiento Buín 1º de línea que forma parte de esta división, fue separado de ella el día antes de marchar de Yaras para formar la reserva general.

A las 6 A.M. del día 26 se me comunicó por el Jefe de Estado Mayor de mi división, que el enemigo estaba a la vista; efectivamente se divisaban como a 3 o 4.000 metros de nuestro frente dos columnas, una en dirección hacia nuestra derecha, y la otra hacia la izquierda, encontrándose nuestra línea de batalla formada de oriente a poniente. Acto continuo dicho jefe dio cuenta a V.S. de lo que sucedía.

Se mandó formar la división, haciendo que el batallón Valparaíso se desplegara en guerrilla al frente y marchase al encuentro del enemigo, ordenando al mismo tiempo se replegaran las avanzadas que venían retirándose lentamente a la vista de él. En esta situación se mandó avanzar de frente, marcha que continuamos hasta las 10 A.M., hora en que llegamos como a 3.000 metros del alto, en donde tenía sus posiciones el enemigo y adonde se estableció después de haberse venido retirando a nuestra vista desde el lugar en donde habíamos pernoctado.

Llegados al frente de sus posiciones, se ordenó descansar y tomar algún desayuno a la tropa. Encontrándonos en esta circunstancia, dos baterías de artillería, una de campaña y otra de montaña, se establecieron al frente de los cuerpos de mi división que estaba formada en columna por batallones a distancia de despliegue; aquella hizo algunos disparos hacia el enemigo, cuya artillería coronaba la altura de sus posiciones, los que fueron contestados, alcanzando algunas granadas como a 10 metros de nuestra línea, por cuyo motivo hice despejar el fondo de la artillería corriendo los batallones a derecha e izquierda para de este modo evitar pérdidas inútiles en mi tropa.

Después de algunos disparos, se notó que el enemigo sus pendía sus fuegos sobre la derecha y sólo se veía disparar las piezas que atacaban nuestra izquierda o sea la derecha de ellos, ocultando las piezas y tropa a nuestra vista, queriendo manifestarnos tal vez con esto que se retiraba reconcentrándose hacia la derecha. Durante este tiempo el batallón Valparaíso se mantenía como a 2.000 metros del fuego de sus cañones, cuyas granadas caían en sus mismas filas, pero sin causarles daño.
La artillería nuestra enganchó sus piezas y la vimos marchar a retaguardia de nuestra línea, retirándose como a 3.000 metros.

En este momento recibo orden de marchar adelante protegido por la artillería que seguía a retaguardia y que no estaba bajo mis órdenes, pues como V.S. sabe, no se puso jamás bajo mi dirección la que correspondía a mi división, como asimismo la caballería.

Cumpliendo con la orden de V.S. de avanzar inmediatamente, ordené la formación de dos líneas de combate: componía la primera el batallón Naval y el 1º del regimiento Esmeralda, y la segunda línea el 2º del Esmeralda y el Chillán. Íbamos protegidos por el batallón Valparaíso desplegado en guerrilla.

Como no sabía el objeto de la marcha ni tenía instrucciones de V.S. ni del Jefe de Estado Mayor General sobre el plan de ataque, el lugar donde estaba el enemigo, etc., hacía que la marcha fuera lenta, a fin de esperar las órdenes del caso; más como volví a recibir orden de avanzar con rapidez, lo ejecuté en el acto.

En ese momento llegó el capitán Flores, de artillería, diciéndome que había reconocido la cúspide de la altura, que no había enemigo y que éste se había retirado a su campamento situado a 4.000 metros de ese lugar, agregándome que iba en busca de la artillería para coronar la altura.

Como la orden era de avanzar, seguimos adelante formados como he dicho en dos líneas; sin embargo, ordené que el batallón Valparaíso marchara listo para hacer fuego en caso de sorpresa, pues el enemigo no se veía.

Efectivamente, apenas subió la altura fue recibido por un nutrido fuego de fusilería que contestó en el acto nuestra guerrilla manteniéndose firme en su puesto, a pesar de las muchas bajas que sufrió cuando encimó la altura.

Inmediatamente entró en combate la primera línea en protección del Valparaíso, que siguió avanzando con ella. Más como se notara, por el fuego del enemigo oculto,que teníamos a nuestro frente fuerzas muy considerables y que se prolongaba su línea, siempre oculta, hacia nuestra derecha y podía flanquearnos, hubo que atender a esto haciendo que los batallones de segunda línea entraran al combate, corriendo así el riesgo de quedar sin ningún apoyo nuestra división, pues la reserva estaba muy
distante y no podía protegernos antes de dos horas.

Comprometida así toda nuestra fuerza a la vez y teniendo a nuestro frente en magníficas posiciones a una gran parte del ejército boliviano, la lucha se hizo desesperada, nuestros soldados no se detenían a observar las posiciones del enemigo sino que avanzaban a la voz de sus jefes y oficiales. Se había trabado un duelo a muerte, se combatía a 40 metros de distancia. En estos momentos y en tan difícil situación faltan las municiones.

Antes de entrar en combate estaba en conocimiento de V.S. que los soldados de la división sólo llevaban 130 tiros por individuo: 100 que es lo que carga habitualmente el soldado y 30 que se repartieron por la mañana en el campamento a todos los cuerpos excepto al regimiento Esmeralda, que no se le dio más porque no habían llegado las municiones Grass, según contestación del oficial de Estado Mayor General que las distribuyó.

En esos momentos se presentó por el ala derecha de mi división una fuerza de Granaderos, la que fue invitada a cargar por el comandante del regimiento Esmeralda. Con este oportuno apoyo pudieron nuestras tropas organizarse, y tomando algunas municiones se pudo continuar hasta el término de la jornada. Lamentable es que este importante servicio prestado por la caballería nos haya costado algunas bajas en la infantería, pues por desgracia no fue conocida la banderola que sirve de distintivo a esta división.

La falta de municiones hizo que algunos soldados se retirasen de la línea de batalla lentamente, lo que me obligó a pedir a V.S. protegiese nuestra derecha con algunos de los cuerpos de la reserva y nos auxiliase con municiones. La llegada de éstas y el refuerzo de la Artillería de Marina contribuyeron a completar la derrota del enemigo que ya estaba pronunciada, dejando en el frente de mi división varias piezas de artillería.

Llegados a las alturas que dominan el valle y la población, punto en que se habían reunido los restos de los cuerpos de la división, ordené que dos piezas de artillería de campaña, que al mando del capitán Villarreal llegaban en ese momento, hicieran 10 disparos a granada sobre los suburbios de la población, pues suponía que por allí marchaban los restos del enemigo disperso. Enseguida descendimos al valle, acompañados de 60 hombres de caballería al mando del comandante Bulnes; cerca ya de la estación del ferrocarril, punto de entrada a la población, me detuve y mandé al sargento mayor don Francisco J. Zelaya, que se había incorporado, con el fin de intimar rendición al pueblo. Volvió pocos momentos después diciendo que le habían hecho fuego de la estación. Entonces ordené que una ametralladora hiciese algunos disparos sobre ese punto como asimismo una guerrilla que puse bajo las órdenes del coronel Niño.

Como no fueron contestados estos fuegos, me dirigí a la plaza acompañado de la caballería del comandante Bulnes y de la guerrilla del Valparaíso, ordenando a la Artillería de Marina, que marchaba por el centro del valle, se dirigiera a este punto.

En mi camino encontré a los cónsules, quienes me aseguraron que las fuerzas enemigas habían tomado el camino del Alto de Lima y que la ciudad estaba completamente abandonada.

Con la caballería recorrí hasta dos leguas hacia el oriente, y no habiendo encontrado enemigos, regresé a la población, quedando así la ciudad por nuestra.

Me es grato, señor general, cumplir con un deber de estricta justicia, recomendando especialmente a los jefes de los cuerpos de esta división, coronel comandante del batallón Naval, don Martiniano Urriola; coronel comandante del batallón Valparaíso, don Jacinto Niño; comandante del regimiento Esmeralda, teniente coronel, don Adolfo Holley, y comandante del batallón Chillán, don Juan A. Vargas Pinochet, quienes han permanecido en las filas de los suyos, alentándolos hasta la terminación del combate, habiendo salido heridos el primero y el último de estos jefes.

Con el mismo derecho, son también acreedores a igual distinción los sargentos mayores don Daniel García Videla, don Alejandro Baquedano y don Enrique Coke, que fue herido, como asimismo los oficiales de estos cuerpos, habiéndome sido recomendado por su jefe en el campo de batalla el capitán ayudante don Federico Maturana.

Importantes y oportunos han sido los servicios prestados por el Jefe de Estado Mayor de esta división, teniente coronel don Adolfo Silva Vergara, manteniéndose siempre sereno bajo los fuegos del enemigo.

A una recomendación especial se ha hecho también acreedor el capitán ayudante de campo don Patricio Larraín A., quien fue comisionado para auxiliar a los distintos cuerpos de la división con municiones que distribuyó en lo más avanzado de nuestras filas, y por consiguiente en medio del nutrido fuego.

Las órdenes transmitidas por los ayudantes de campo y de Estado Mayor de esta división, capitanes señores Fidel Urrutia y Patricio Larraín, tenientes señores Severo Amengual y Manuel Aguirre, y subteniente señor Santiago Peñailillo, han sido dadas con toda oportunidad y a mi entera satisfacción, manteniéndose siempre serenos en las difíciles comisiones desempeñadas bajo el fuego enemigo.

Según consta de los partes originales y relaciones adjuntas que tengo el honor de elevar a V.S., el número de oficiales muertos en este memorable combate pertenecientes a la división de mi mando, es de 7 y 29 heridos, incluso 3 jefes; el número de las bajas en la tropa asciende a 172 muertos y 407 heridos.

Existe en mi poder un estandarte tomado por el regimiento Esmeralda.

Es cuanto tengo el honor de exponer a V.S. en cumplimiento de mi deber.

Tacna, junio 2 de 1880.

Santiago Amengual

domingo, 6 de noviembre de 2011

Guerra Civil de 1891, el Presidente Balmaceda y el Gral. Amengual

José Manuel Balmaceda (1840-1891); presidente de Chile desde 1886.

Inició su gobierno con un ambicioso plan de obras públicas y con el ideal político de unir a los liberales en un solo gran partido.
Tras una serie de disputas entre el Poder Ejecutivo y el Legislativo, la discusión sobre el presupuesto del año 1891 finalmente generaría el estallido de un conflicto interno; tras aprobarlo Balmaceda sin la firma del Congreso.
Mientras las fuerzas del Ejército de Chile se dividieron en apoyo de ambos bandos, la Armada (liderada por el capitán de navío Jorge Montt Álvarez) se unió a los congresistas. Desde Iquique los revolucionarios iniciaron una serie de campañas con el fin de derrocar al presidente.
Tras las batallas de Concón y de Placilla, los leales fueron derrotados; entregando Balmaceda el poder a Manuel Baquedano (28 de agosto). Cuando las fuerzas revolucionarias entraron a Santiago, el depuesto presidente se refugió en la embajada argentina, donde daría fin a su vida, suicidándose con un disparo (19 de septiembre); un día después que expirara su mandato constitucional.

Nuestro querido "manco" Amengual -se había retirado con el grado de general en 1886- toma partido decididamente a favor de Balmaceda; por este motivo, es degradado y privado de su jubilación.
En 1896 por vía de la Ley de Amnistía e Indulto decretada por el Presidente Jorge Montt Álvarez (sucesor de Balmaceda), es reivindicado en su grado militar de general de Ejército y con todos los honores.

La victoria de los golpistas, marcó un importante hito en la historia de Chile. La sociedad chilena enfrentó una gran división tras el conflicto bélico, que dejó miles de muertos. Las reformas a la Constitución dieron fin a la llamada República Liberal y se inició el Régimen Parlamentario que imperaría en Chile hasta 1925.