viernes, 18 de noviembre de 2011

Pelotón serbio (basado en la Guerra de los Balcanes)

Giró la tapa de la caramañola y se preparó para ingerir agua; trataba de cuidarla, quien sabe cuando pudiera abastecerse nuevamente. A la retaguardia de los croatas, y con más de dos horas de retraso, no tenía ninguna esperanza de alcanzarlos.
Bebía despaciosamente, de pronto llegaron a sus oídos voces inconfundibles; eran serbios.
En cuatro zancadas, sin opción, se lanzó a la profundidad de la fosa común. Casi tres metros, trastabillar y sentir deseos de vomitar.
Recostado sobre esa masa de cadáveres, vaya ironía, la única posibilidad de seguir con vida; no podía dejar de preguntarse “¿qué los traerá de nuevo si no han dejado nada ni nadie en pie?”, sin respuesta, se llenaba de temor.
Su reloj hacía días que había dejado de funcionar, calculaba que serían las 6 de la mañana; comenzaba a clarear.
Había presenciado y fotografiado “el destino” de varios colegas durante este conflicto. Dos cosas odiaban los serbios con toda la furia: a los croatas y a los reporteros. A los primeros desde la Segunda Guerra Mundial; a los otros, desde la disolución de Yugoslavia y la cobertura mediática.

Steve Rudd, corresponsal del “Daily Mirror”, agazapado en el pozo, escuchaba sus pasos; mucho más cerca de lo que creía, más cerca de lo que hubiese deseado.

Desfilaron las imágenes de la noche en que recibió el premio de manos del primer ministro británico, por la foto que recorrió las portadas de los principales diarios del planeta.
La del soldado israelí -en la Franja de Gaza- alzando un niño palestino de tres años a puro llanto, mientras coloca el caño de la pistola en la cabeza. A sus pies la madre suplica por la vida de la criatura.
Mientras llevaba su tercer whisky a la garganta, un pasante de periodismo lo saluda:

-Lo felicito Sr. Rudd, yo también quiero ser corresponsal de guerra como usted.

-Hay que ser pelotudo o loco para dedicarse a esto; me parece que tú caso es el segundo. Bienvenido al club -le dio la espalda y se perdió entre elogios.

Pensaba por qué carajo no le hizo caso al coronel Borna Covacevich, cuando en su inglés rudimentario le advirtió: “no te alejes demasiado, seguimos avanzando; ya nada podemos hacer aquí”.
Perdió tiempo buscando la mejor – ¿o peor?- toma de lo que luego se conocería como “Masacre de Vukovar”. Casas destruidas por el fuego, la iglesia demolida; niños, mujeres y ancianos masacrados.
Ahora se encontraba a su suerte, a punto de desmayar por los olores nauseabundos; no aguantó más, devolvió, ese momento se hizo eco, sonido de presencia viva.
En la orilla del pozo, iluminando su cuerpo curvado con una linterna y gritándole algo incomprensible, estaban los paramilitares serbios. Levantó la cabeza y quedó enceguecido. Sintió el impacto de una soga, entendió; se aferró a la misma y fue alzado de inmediato.
Afuera lo esperaban siete de ellos, él con su chaqueta multiuso de fotógrafo y la cámara colgando al cuello, tan solo atinó a hacer una mueca de resignación con los labios y las manos. En voz alta, uno leyó la tarjeta que con su foto decoraba el pecho:

STEVE RUDD
Press photographer
DAILY MIRROR-ENGLAND

y luego agregó dirigiéndose a él: -¿ves aquél peñasco?, desde allí los estuvimos vigilando. Nuestro coronel está deseoso de conocerte.

A los 23 años cubrió el bombardeo de “La Moneda” en Santiago de Chile. Un rollo con fotos del incesante desfile de los “Hawker Hunter” y sus descargas, le fue incautado por Carabineros. El otro, escondido entre su ropa interior, fue publicado a las 24 horas de haber pisado Londres.
Era el debut como corresponsal de guerra, sí no se contabiliza -medio en broma lo mencionaba- la noche que actuó Led Zeppelin (octubre de 1972) y una pelea entre pandillas rivales terminó con dos jóvenes muertos. Nota y tapa de la revista “Rolling Stone” en noviembre de ese año.
Desde entonces recorrió el globo testimoniando “la mayor de las calamidades del ser humano, la matanza del otro”.
Momento de dramatismo extremo -a excepción de este, el de ahora- fue la evacuación de Saigón en abril de 1975. El último periodista en subirse a un Bell para huir hacia Laos; casi lo pierde.
Salió corriendo del hotel hacia la embajada norteamericana junto a una prostituta vietnamita. Ante el caos de la entrada, mostró su credencial y tuvo que mentirles a los marines. Dijo que su acompañante era una asistente, que poseían una visa del Reino Unido y que en la huida la dejaron olvidada en el cuarto. Los convenció.

Con las muñecas atadas a la espalda caminaron por espacio de una hora. Ya había sido despojado de la Nikon, estaba en manos del más alto.
Subieron por la ladera de un cerro en completo silencio, atravesaron un riacho de unos veinte metros de ancho, con fondo de piedras y el agua hasta las rodillas; al frente podía verse la frondosa arboleda. Enfilaron hacia allí.
Le costó llegar, cayó unas cinco veces y en todas fue auxiliado por quien portaba dos fusiles soviéticos AK 47 (uno de ellos a la espalda y el otro en posición de marcha); lo tomaba de las axilas y lo dejaba nuevamente parado. Echaron a andar dentro del bosque.

El coronel Veselin Radic se rasuraba mirándose en el espejo retrovisor que había pertenecido a un Land Rover e improvisadamente colgaba de un poste. Desplazaba de manera diestra la navaja por el cuello, cuando vio llegar a los camaradas y al prisionero. Se detuvo un segundo, escupió algo de espuma y continuó.
Estaban a menos de dos metros, sin darse vuelta:

-¡Buen trabajo!; lo encontraron.

-Así es mi coronel, acá está la cámara, se había ocultado en la fosa y lo delataron las arcadas -dijo el teniente estirando la mano con la máquina y emitiendo una sonora carcajada.

-Tenla, sabemos que contiene.

-Sí mi coronel, todo Vukovar…bueno, lo que quedó, está aquí.

Giró, limpió los restos de jabón y pelo del filo con una toalla; cerró la navaja y la guardó en el bolsillo derecho del pantalón de combate, casi pegado a la rodilla. Avanzó hacia ellos hasta quedar a un metro de distancia.

-¡Ajá!; dimeee…. –inclinando la cabeza hacia delante y leyendo la credencial- Steve, Steve Rudd; ¿contento con el trabajo?, -bastante buena la pronunciación pensó el inglés.

-No, me repugna; pero debo ser testigo y transmitir lo que veo. Nada puede justificar la matanza indiscriminada de civiles indefensos. Así sean croatas, bosnios o serbios. Se trataba de gente inocente.

-¡Ja!, inocentes; ¿eres inglés verdad?

–Sí.

-¿De qué ciudad?

-Bristol.

-¿Cerca de Liverpool?, me gustan mucho los Beatles.

-No, Liverpool está al norte y mi ciudad al sur.

-Ah, ¿y te gustan los Beatles?

-Sí, pero prefiero a Led Zeppelin.

-Nunca escuché hablar de…Led…¿cuánto?

-Zeppelin, Led Zeppelin.

-Ah sí, tengo buena memoria, cuando pueda voy a escuchar de que se trata esa música.

-Mira amigo –en ese preciso momento, una fortísima patada en la rodilla izquierda lo hizo caer de dolor -ustedes son los que están llevando al mundo la idea de que los serbios somos una horda de asesinos, genocidas de la peor especie. Pues bien, quiero que comprendas que es tan solo un diez por ciento de lo que esos hijos de puta hicieron con nuestro pueblo durante la Segunda Guerra Mundial.
¡Levántate, levántate!; ¡no habrá clemencia con ningún croata –tomándolo de la mandíbula y presionando fuertemente los cachetes a modo de tenaza- ni con sus defensores, amigos y propaladores de su causa!; ¿te queda claro hijo de puta?

-Soy un simple reportero grá…-no pudo terminar la frase, otra patada, esta vez en la rodilla derecha lo regresó al suelo.

-No quiero alterarme, ¿tú sabes quienes fueron los ustachis?, -sin dar tiempo a la respuesta agregó: -¿y Pavelich?

-Algo leí sobre los fascistas croatas y su jefe –logró balbucear Rudd mientras un hilo de sangre corría por la mejilla –quédate de rodillas, así quiero que escuches.

-Estas mierdas croatas fueron cómplices de los nazis, asesinaron a nuestros ancestros, los mutilaron, violaron a nuestras mujeres. Nosotros venimos desde el fondo de los tiempos a vengarnos.
Esto último lo repitió con toda energía en serbio: “¡venimos desde el fondo de los tiempos a vengarnos!”.

Al unísono, los soldados gritaron: ¡viva!; ¡gloria a nuestro coronel Radic!

-¿Sabes qué?, te voy a contar una historia y presta mucha atención.

-Hay un poblado llamado Bezdan, en las afueras vivía una familia que se dedicaba al cultivo de frambuesas y a la lechería. La abuela preparaba dulces con la cosecha que colectaba su esposo, mientras que su hijo Zoran, su único hijo, junto a la esposa, se encargaban de unas veinte vacas y aprovisionaban de leche, queso y mantequilla durante todo el año a los vecinos. Una vida tranquila, modesta, la guerra era de otros, hasta que llegaron las tropas de los ustachis. Fue el 11 de febrero de 1941.
Por temor, esta familia de la que te hablo se había quedado dentro de su casa, viendo por la ventana desfilar los camiones con soldados. Hasta que uno se detuvo y descendieron de la parte trasera varios armados con fusiles.
Llamaron a la puerta. Zoran salió al encuentro; -buen día señores, ¿qué andan necesitando?

Quien comandaba el grupo preguntó: -¿tú eres serbio?

-Sí.

-Bien, bien, ¿con quién vives?

-Con mis padres, mi esposa y nuestro hijo.

-¿Matrimonio mixto o todos serbios?

-Somos todos serbios señor.

-Permiso –no esperó la respuesta, entraron a la morada él y cinco de sus hombres.

La madre simulaba cocinar una sopa, mientras que el padre apilaba leños al lado de una estufa apagada de hierro; al fondo sentada a la mesa frente a una hoja, su esposa le recriminaba al niño por no comprender matemáticas.

-Que familia maravillosa tiene amigo, ¿cómo se llama? –Zoran.

Recorre con la vista la vivienda y se dirige hacia donde está la madre.

-¡Pero qué pasa vieja! –mira por sobre el hombro la olla -¿sólo agua? –le da un fuerte empujón y cae de bruces al suelo; en ese momento Zoran se abalanza sobre él, antes de tocarlo recibe un culatazo en la nuca que lo deja sin conocimiento y sangrando; creían que había muerto.
Muchos gritos, el viejo que quiere defender a los suyos con un tronco y también es golpeado, la mujer decidida a proteger al hijo lo cubre con su cuerpo y más violencia, más insultos, más golpes, etc., etc., etc., etc. –entre cada etcétera hacía una pausa y elevaba el tono.
Le voy a sintetizar Steve. Zoran, postrado en la cama y con la cabeza vendada, recobra el conocimiento tras siete horas de alucinaciones y fiebre. A su lado, la esposa comienza a llorar; la cara llena de moretones de color violáceo, completamente rapada y la vergüenza en la mirada. No hicieron falta palabras, se entera sí, que sus padres fueron deportados. El niño, de tan solo diez años, acurrucado en un rincón de la estrecha habitación en el suelo, recobraría el habla luego de quince meses. Zoran decide unirse a la guerrilla chetnik; muere en una emboscada a los veinte días.
Este caso es uno de tantos, y en comparación con otras familias no la pasaron tan mal…Acá termina la historia.

-¡Teniente Banjac!; usted será el encargado de inmortalizar este momento. ¿Sabe como se maneja esa máquina? –Sí mi coronel.

El coronel Veselin Radic desenfundó la Glock, con ella en la mano, se agachó hasta quedar a un centímetro de la oreja izquierda y le susurró: “ese niño también fue violado, ese niño se llamaba Veselin; ese niño era yo”. Dos disparos. Steve Rudd, el famoso reportero gráfico del “Daily Mirror”, ahora estaba, por primera vez, del otro lado de su cámara.

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